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El poema es una lucha, una especie de encrucijada donde
varios caminos toman vuelo hasta alzarse desde algo difuso, es decir, la nada,
hasta una inmensidad absoluta. Y allí es el encuentro, pupilas que se reconocen
y multiplican. En ese lugar las miradas se abren y se cierran según una
atmósfera rítmica que quizá siga al beso o a una piel que se extiende
eternamente.
Muchas veces, en medio del camino, por aquellos senderos puede
que surga el desamor, de hecho es fácil reconocerlo; sin embargo, llevarlo, no
tanto.
El desamor no es sólo la ausencia de amor, de cierta forma es
el duelo, un quiebre que, indudablemente, lleva al dolor, una sensación que
atrapa y de la escapar se vuelve un asunto complejo pues por un lado el pasado
es como plomo y la incertidumbre de volver a empezar pesa aún más.
La
poesía, y en este caso particular, los poemas de Dolores González, tienen la
capacidad única para bregar con el desamor, ello debido a que sus versos le dan
cuerpo al vacío. En cada frase se traduce la ausencia del ser querido que se
aleja, pero también se hace referencia a ciertos objetos y paisajes que, de
sólo mirarlos, hacen más físico el dolor. De modo que tales versos no tienen
por objeto ser bonitos, sino más bien ser cercanos a lo real, buscando en lo
posible admitir la rabia, la debilidad e incluso la gran contradicción de
seguir queriendo a quien se aleja.
Sin
más, los invitamos a viajar a través de esos versos que nuestra autora, muy
amablemente, nos ha regalado y en los cuales se nota el dolor en muchas
palabras, permitiendo de algún modo externalizar el sufrimiento, pero también,
de servir a la vez como contención de emociones, porque, de otro modo,
resultaría abrumador.
El editor.


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